Palabras claves

Comunicación digital – Identidad visual – Redes sociales

CUANDO PARECER ES «EL» SER

Durante el último siglo, la tecnología ha estado distanciándonos de nuestro cuerpo. Hemos ido perdiendo nuestra capacidad de prestar atención a lo que olemos y saboreamos. En lugar de ello, nos absorben nuestros teléfonos inteligentes y ordenadores. Estamos más interesados en lo que ocurre en el ciberespacio que en lo que está pasando en la calle…

Yuval Noah Harari

El nuevo paradigma que se ha configurado en torno a una economía más global, un nuevo modelo de consumidor y la irrupción de las redes sociales, ha traído como consecuencia cambios fundamentales en el modo de trabajar de los diseñadores. En ese sentido la práctica del diseño ha puesto el foco en las estrategias de comunicación que demandan nuevas competencias en el terreno de la producción, la interacción, la gestión de los contenidos, la experiencia de cliente y hasta el diseño de espacios y la arquitectura corporativa.

Al mismo tiempo, los procesos de convergencia tecnológica desarrollados en los últimos años impactaron de manera contundente en las sociedades y en la cultura. Estas posibilidades dieron lugar a pantallas hiperconectadas, la incorporación de smartphones como prolongación de nuestro cuerpo, el naturalizado uso de la inteligencia artificial y, por cierto, los nuevos modos de comunicación desde lo participativo que nos interrogan acerca del surgimiento del yo–digital.

En esta «sociedad red», entendida como «una sociedad cuya estructura social está construida en torno a redes de información a partir de la tecnología de información microelectrónica estructurada en Internet» (Castells 2001, 13), el individuo se digitaliza y su ser se transforma en pulsiones o bytes dentro de este nuevo esquema comunicacional y social. No es simplemente una tecnología sino el medio de comunicación que constituye la forma organizativa de nuestras sociedades.

«Ser es, ante todo, comunicar», dice Igarza. En esta cultura de la conectividad se impone un proceso de digitalización de la vida que consiste, entre otras cosas, en descargar y escuchar música en formatos digitales y armar álbumes de fotos que todos pueden ver y comentar. Es decir, «son más activos en relación con intercambios comunicativos y, su conocimiento de la realidad, es más el resultado de una apreciación mediatizada que de una observación directa y una experiencia de vida personal. Este sujeto digital que se prolonga a través de las pantallas establece un modelo comunicativo que conjuga: integración, interactividad, hipermedialidad e inmersión» (Igarza 2008, 37).

La magnitud del poder de las redes sociales experimentado en el ámbito político, social, cultural y económico refuerza la tendencia de la creciente ineficacia de la publicidad en medios tradicionales, en franco declive, y pone en valor la eficacia reactiva y propagadora de las redes sociales.

Las mismas se constituyen como espacios de afinidad que promueven la generación de vínculos entre los miembros. Estas dan lugar a nuevos roles y actores multiplicando los contenidos en un juego recíproco administrado por lógicas participativas. Allí «el cuerpo se disgrega, se sustrae, se transfigura, se implanta o transplanta, se trasviste y al mismo tiempo se amplía a través de la agudización e intensificación de las percepciones audio–visuales en un tiempo que ha perdido sus intersticios» (Drenkard 2011, 86). Dicho de otro modo, «la red ofrece un acceso ilimitado y desterritorializado a los contenidos y una facilidad sin restricciones espacio–temporales a los intercambios simbólicos interpersonales» (Igarza 2008, 59). Esta noción propicia entonces un flujo de contenido infinito, que no se traza desde territorios puntuales ni ámbitos locales sino en la construcción de una cultura global.

En este contexto, el Diseño de la Comunicación Visual tiene una participación en relación con el modo en el que los consumidores se relacionan con las identidades visuales y, en este sentido deben evolucionar en consonancia. Hoy en día, deben estar vivas y cambiar igual que las personas con las que quieren conectar teniendo que conjugar en una misma dimensión contenidos, formas y medios que pueden ofrecer un conjunto de estrategias que abran a nuevos significados y dimensiones performativas.

Al mismo tiempo es necesario conectar identidad de marca para desarrollar un ecosistema de puntos de contacto que defina la experiencia de usuario, en donde la coherencia va a ser más importante que la consistencia, nos referimos al diseño de estrategias de comunicación en redes. Es precisamente en ese terreno donde el diseño se erige como una herramienta fundamental capaz de anticipar esa percepción.

UN EJEMPLAR OPTIMIZADO, EL YO–DIGITAL

Día tras día, hora por hora, minuto a minuto, con la inmediatez del tiempo real, los hechos reales son relatados por un yo real, a través de torrentes de palabras que de manera instantánea pueden aparecer en las pantallas de todos los rincones del planeta. A veces, esos textos se complementan con fotografías o imágenes de video transmitidas en vivo y sin interrupción. Es así como se desdobla, en las pantallas interconectadas por las redes digitales, toda la fascinación de «la vida tal como es».

Paula Sibilia

Mencionábamos antes el yo–digital, concepto que desprendemos de este mundo hiperconectado que configura la subjetividad desde la comunicación. Las nuevas formas de expresión y comunicación son herramientas para la creación de sí. Existen tantos yo–digital como usuarios de la red, cada uno con su perfil, cada uno con sus atributos. Esta construcción de perfiles se conforma como sujeto narrado, construido visualmente. En lugar de una imagen real, se construye una imagen modelizada que modifica la percepción de la realidad ofreciéndole la creación de un yo–ejemplar, un estereotipo. El modo en que las marcas inspiran a los consumidores se manifiesta a través de la narración de historias. Las redes sociales se encauzan naturalmente como plataformas adecuadas y eficaces para lograr el affordance requerido y potenciar el storytelling como estrategia de comunicación.

Dichas lógicas promueven nuevos roles, nos interesa en este caso dar cuenta de aquellos más influyentes que se denominan influencers. Estos son usuarios de canales online, de blogs o redes sociales, que tienen el poder de generar visibilidad o de persuadir a realizar determinadas acciones (García 2018). Es el caso de la influencer Miquela Sousa (también llamada Lil Miquela), una instagramer y estrella pop global de 19 años, una de las «25 personas más influyentes de Internet» según la revista TIME. Pero Miquela no es humana, es una robot, un personaje CGI (imagen generada por ordenador) que cuenta, en abril de 2021, con 3 millones de seguidores en Instagram.

La existencia de Miquela nos plantea numerosos interrogantes y nos propone poner luz en algunos aspectos y conceptos que hoy nos definen y construyen en este nuevo paradigma. Resulta claro que esta existencia se traza a partir de las lógicas de la moral de las buenas formas y de la performatización en el sentido más amplio y estricto. Juventud, belleza, esbeltez y éxito. No existe la vergüenza, ni el cyberbulling, no hay margen para eso, todo está previsto, diseñado y programado en virtud de la perfección. Hablamos de un proyecto de subjetividad alter dirigida en su máxima expresión, la optimización es absoluta.

Bajo esta nueva lógica, (…) todo puede ser muy bien tolerado o inclusive estimulado y hasta premiado en el mundo contemporáneo, pero hay una importante salvedad: siempre y cuando las líneas de las siluetas que los protagonizan sean perfectamente lisas, rectas y bien definidas. He aquí la reluciente moral de la buena forma en plena acción: aquella que no se avergüenza ni se preocupa por ocultar la sensualidad más descarada, pero exige de todos los cuerpos que exhiban contornos planos y relieves bien torneados, como los de la piel plástica de la muñeca Barbie o como los dibujos bidimensionales de los cómics.

Paula Sibilia

Correa García pone en juego algunas características que definen al yo–digital en relación con su construcción y que dan cuenta de este giro cultural que nos permiten una mejor comprensión. Una de ellas es el ciberconsumismo, entendido como los comportamientos irreflexivos de adquisición de los objetos que creemos imprescindibles y necesarios, así como al consumo hipertélico de signos de toda naturaleza que constituyen la infobasura. Otra característica es el fariseísmo tecnológico, donde lo esencial no es ser, sino aparentar para lograr la aceptación de la mente colmena. Luego establece las fantasmagorías del yo, ensambladas a través de las múltiples imágenes de nuestro yo real y físico, micro relatos gráficos de nuestro yo–digital hiperfragmentado. Y, por último, da cuenta de la pulsión escópica, entendida como la necesidad de mirar y de ser mirados por los ojos de la mente colmena a la que también pertenecen (Correa García 2017).

Dicha pulsión escópica y simulación promueve conductas orientadas al logro de la aceptación. La noción de perfección a partir de la juventud, la delgadez y la esbeltez que decanta en éxito, es claramente un rasgo propio de nuestra contemporaneidad. El narcisismo entendido como la necesidad de satisfacer la vanidad, como la necesidad de ser admirado por atributos vigentes y considerados valiosos, encuentra en las redes sociales el espacio ideal para ese fin. Ellas se constituyen como una vidriera capaz de replicar de manera constante y sin barreras las construcciones narcisistas, sacar a pasear el ego, cosechar likes y acumular solicitudes de seguidores a quienes les interesa quién soy desde mi yo–digital y a quienes debo mantener interesados. Estos espacios habilitan las herramientas para una construcción del yo–digital con todas aquellas virtudes que contempla este paradigma, dejando por fuera aquello que no se ciñe con lo que debe ser.

SER EN LA MENTE COLMENA

El lenguaje altamente codificado de los medios ofrece herramientas eficaces para ficcionalizar la desrealizada vida cotidiana. Lo real, entonces, recorre al glamour de algún modo irreal —aunque innegable— que emana del brillo de las pantallas, para realizarse plenamente en esa ficcionalización. Uno de los principales clientes de estos eficaces mecanismos de realización a través de la ficción es, justamente, el yo de cada uno de nosotros.

Paula Sibilia

Instagram ofrece un lenguaje universal para la comunicación del relato, el de las imágenes, rompiendo las barreras del idioma y de la cultura. En medios como Instagram, son las propias imágenes las que cuentan las historias y facilitan, de una forma natural, la conexión con un público muy variado desde el punto de vista cultural, pero al mismo tiempo similar por cuanto comparte los mismos rasgos globales.

Poniendo la mirada en las redes sociales como espacios de despliegue del yo–digital, Lev Manovich se enfoca en la red social Instagram y afirma que dicha red es «el medio perfecto de la sociedad estética y que hoy, ofrece una gran plataforma para estudiar no sólo la fotografía global contemporánea, sino también la evolución cultural y dinámica en general. Como medio elegido por la clase «móvil» de los jóvenes de hoy en día en docenas de países, proporciona información sobre sus estilos de vida, imaginación y los mecanismos de existencia, lo que significa creación y sociabilidad» (Manovich 2016,141).

Parafraseando a Lanier (2011), hoy se idolatra a los nuevos íconos de la ideología digital, estamos «obligados» a gestionar nuestra reputación en la red para evitar «el mal de ojo» de la mente colmena, que en cualquier momento puede volverse contra nosotros. Alguien que pertenezca a esta generación y que es humillado en el mundo online no tiene salida, pues solo hay una colmena (Correa García 2017, 223). La vidriera digital visibiliza, y tal visibilidad excluye a algunos y premia a otros habilitando acciones de repudio o fanática admiración en relación con lo que se muestra.

La búsqueda de la identidad y la formación de estereotipos a través de los perfiles digitales es un fenómeno emergente instalado ya entre los jóvenes. La fragmentación y la disolución del yo en la modernidad líquida chocan decididamente con la intención de exhibir nuestro ego en las redes sociales (Correa García 2017, 223).

RECALCULANDO… EN TIEMPO REAL

El sujeto digital se prolonga en las pantallas y en ellas aparecen múltiples posibilidades de nombrarse o enmascararse, tras distintas faces —caras— e interfaces. Las redes sociales son el escenario perfecto donde «este cuerpo virtualizado que parece estar lejos de la carne, lejos de los sentidos de proximidad, que no precisa de la materialidad del mundo, capaz de extrapolar los confinamientos espaciales; este organismo conectado y extendido en las redes informáticas da un nuevo sentido al “yo”». Este yo–digital permite fabricar, como dice Drenkard, una zona de ensayo identitario al amparo de la distancia y de la ausencia sin riesgos.

En esta operatoria, o en esta otra realidad, el modo de vincularse con el otro estaría mediado por la fantasía de la descorporización, como una práctica de encuentros sin cuerpo. Cada sujeto, que se sumerge en internet, lo hace descorporizado, y se visibiliza a través del texto, de las imágenes que propone, de su propia construcción digital.

El surgimiento de Miquela promueve algunos interrogantes. ¿Esta construcción del yo–digital contempla a una Miquela? ¿Es Lil Miquela un producto de diseño que oculta su naturaleza? ¿Miquela es un yo? ¿Miquela es solo un dispositivo de ficción como parte de una estrategia de comunicación?

La hiperrealidad de esos relatos también es protagonizada por un yo–virtual que pone en evidencia que la mirada se proyecta instantánea y eventual. Hay que reconocer que se produce como un régimen de la visión que nos permite evidenciar las virtualidades de nuestro tiempo. Estas virtualidades constituyen un dispositivo que expresa una identidad validada como apariencia, a través de la construcción de una imagen ficcionada, que el régimen del consumo convalida como un espacio social ubicuo, apto para su conversión en mercancía y que actúa como espejo en la construcción de la identidad.

Este contexto visibiliza un dilema para la práctica del diseño donde se produce un contrapunto entre forma e información, materialidad e inmaterialidad, cuerpo y subjetividad, voluntad de cambio frente a estructuras que se resisten, desafiando a la disciplina a la incorporación de nuevos enfoques, competencias y conocimientos para el ejercicio de una práctica actualizada.

Referencias bibliográficas

Castells, Manuel. «Internet y la Sociedad Red. Lección inaugural del programa de doctorado sobre la sociedad de la información y el conocimiento de la Universitat Oberta de Catalunya», red.pucp.edu.pe, 2001, https://red.pucp.edu.pe/wpcontent/uploads/biblioteca/Castells_internet.pdf

Correa García, Ramón. «Performance del yo digital: Fantasmagorías de la sumisión en la mente colmena». En ¡Sonríe te están puntuando! Narrativa digital interactiva en la era de Black Mirror, coordinado por Roberto Aparici y David García Marín. Barcelona: Gedisa, 2017.

Drenkard, Paula. «El cuerpo estallado o el espejo roto: Vinculaciones entre pantallas, cuerpos y subjetividades». En McLuhan: pliegues, trazos y escrituras–post, coordinado por Sandra Valdettaro. Rosario: UNR Editora, 2011.

Gabelas, José Antonio y Roberto Aparici. «Youtubers en conexión. Otras claves narrativas, otras audiencias». En ¡Sonríe te están puntuando! Narrativa digital interactiva en la era de Black Mirror, coordinado por Roberto Aparici y David García Marín. Barcelona: Gedisa, 2017.

Harari, Yuval Noah. 21 lecciones para el siglo XXI. Buenos Aires: Penguin Random House, 2018.

Igarza, Roberto. Nuevos medios. Estrategias de convergencia. Buenos Aires: La Crujía Ediciones, 2008.

García, Iván. «Definición de Influencer», Economía simple.net, 5 de diciembre de 2018, https://www.economiasimple.net/glosario/influencer

Manovich, Lev. «Instagram and Contemporary Image». manovich.net. http://manovich.net/index.php/projects/instagram-and-contemporary-image

Sibilia, Paula. «El cuerpo viejo como una imagen con fallas: la moral de la piel lisa y la censura mediática de la vejez». Comunicação, mídia e consumo, n° 26 (2012): 83–114.

Sibilia, Paula. El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2005.

Sibilia, Paula. La intimidad como espectáculo. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2008.

 

Cómo citar

Spiaggi, Florencia, Gabriela Macagno y Angélica Silva. «Yo–digital: Instagram e influencers. Narcisismo y performance desde una personalidad alter–dirigida». Polis, n° 19 (2021). https://www.fadu.unl.edu.ar/polis

Angélica Silva

LDCV (UNL). Jefa de Trabajos Prácticos Ordinaria (LDCV, FADU, UNL).

Gabriela Macagno

Esp. DGCV (UNL). Profesora Titular Ordinaria (LDCV, FADU, UNL).

Florencia Spiaggi

Maestranda. Comunicación Digital Interactiva (UNR). LDCV (UNL). Jefa de Trabajos Prácticos Ordinaria (LDCV, FADU, UNL).